El estudio refleja que la extorsión en Colombia dejó de ser un fenómeno
marginal para convertirse en una amenaza nacional que avanza con fuerza
desbordada demostrando que entre 2014 y 2023, la tasa del delito creció más del
70%.
Frente a esta crisis, el estudio “Café, Conflicto y Extorsión: Un
Análisis Cuantitativo en Municipios de Colombia” analizó a profundidad cómo la
agricultura legal, la vulnerabilidad histórica de ciertos territorios y la reconfiguración criminal explican el
comportamiento de la extorsión en 1.122 municipios de Colombia.
¿Qué encontró la investigación?
Las tendencias temporales muestran que la extorsión no siguió un aumento
lineal. Entre 2014 y 2016 se observó una leve disminución, seguida por un
repunte a partir de 2017, coincidiendo con cambios en el panorama criminal
tras la desmovilización de las FARC.
En 2020 cayó por efecto de las restricciones de movilidad, pero entre
2021 y 2023 experimentó un incremento acelerado del 43%, consolidándose como
una amenaza persistente.
Una señal preocupante es la reducción de la brecha entre municipios
cafeteros y no cafeteros. Mientras en 2015 los cafeteros superaban en 52% la
tasa de extorsión frente a los demás, para 2023 la diferencia cayó al 9%.
Esta convergencia indica que el fenómeno dejó de estar concentrado en zonas
típicamente vulnerables y alcanzó una distribución casi homogénea en el país,
incluyendo ciudades y regiones sin tradición cafetera.
(NOTA: Los municipios PDET (Programas de Desarrollo con Enfoque
Territorial) son 170 localidades en Colombia priorizadas por el Acuerdo de Paz
de 2016 para recibir inversión especial durante 15 años)
Los departamentos más golpeados
A nivel departamental, el estudio muestra que en 2022 la extorsión
alcanzó niveles extremos en Chocó, Guaviare, Meta, Cauca y Arauca, con tasas
muy por encima del promedio nacional. Estos territorios comparten dinámicas de
conflicto persistente, presencia de economías ilícitas y baja
institucionalidad, lo que explica la intensidad del fenómeno y su continuidad,
incluso en momentos donde otros delitos se reducen temporalmente.
En contraste, el Eje Cafetero tradicional, representado por
departamentos como Caldas, Quindío y Risaralda, muestra estabilidad en niveles
bajos de extorsión, con tasas entre 8 y 10 casos. La mayor cohesión
institucional, la articulación entre autoridades locales y el gremio cafetero,
así como el control territorial más sólido, parecen ser factores protectores
que limitan la expansión del delito en estas áreas.
¿Y qué pasa con homicidios y secuestros?
Al evaluar otros delitos, la investigación confirma que ni el homicidio
ni el secuestro presentan asociaciones significativas con la caficultura. El
secuestro, que alcanzó picos históricos a comienzos de los años 2000, cayó a
niveles mínimos tras la desmovilización de las FARC. En su lugar, la extorsión
surgió como un mecanismo más eficiente, menos visible y más rentable para
financiar estructuras criminales en territorios vulnerables.
Esta transformación de la violencia demuestra que los grupos armados ya
no necesitan capturar físicamente a las personas para obtener rentas ilegales.
Ahora buscan controlar las actividades económicas esenciales, entre ellas la
caficultura. La extorsión se convierte en una herramienta de dominación
silenciosa que deteriora la estabilidad social y económica sin dejar huellas
visibles de violencia física.
¿Qué estamos haciendo?
La comparación internacional agrava la preocupación: mientras Colombia
supera los 20 casos por cada 100.000 habitantes, países vecinos como Perú y
Ecuador registran menos de 5, marcando una brecha de cuatro a uno. El estudio
sostiene que esta disparidad no se debe solo a factores económicos, sino a la
densidad criminal, la falta de control estatal y la persistencia de disputas
territoriales en zonas rurales productivas.
Las consecuencias son graves. La extorsión reduce ingresos familiares,
limita la posibilidad de invertir en innovación, frena la transición hacia
cafés especiales y debilita la organización gremial. Las cooperativas pierden
fuerza, los productores trabajan en aislamiento y la capacidad competitiva se
deteriora, especialmente en zonas donde el café representaba aspiraciones de
ascenso social y mejora de la calidad de vida.
Frente a esta realidad, la evidencia señala que las respuestas públicas
deben trascender los operativos policiales y avanzar hacia una presencia
institucional integral. Esto incluye justicia local eficiente,
protección económica para productores, fortalecimiento cooperativo y
estrategias focalizadas en municipios cafeteros PDET. Así será posible
interrumpir las rentas criminales y garantizar condiciones mínimas de seguridad
para las comunidades rurales.
Fuente: Prensa Politécnico gran colombiano (Laura Orjuela)


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